Copenhague, ¿el acuerdo final en la lucha contra el cambio climático? (10 días)

Faltan 10 días para Copenhague

Miquel Ortega Cerdà. Observatorio de la deuda en la Globalización[1].

A falta de diez días para el encuentro de Copenhague nos encontramos ante una cita histórica, pero ¿Cuál es la importancia real de este encuentro? ¿Nos encontramos en una encrucijada en la lucha contra el cambio climático o únicamente es un paso más en un proceso más complejo?.  A continuación se dan algunas claves para analizar estas cuestiones.

Una breve perspectiva histórica

En Copenhague se reunirán a negociar los países firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre de Cambio Climático, uno de los acuerdos ambientales internacionales que goza con más apoyo internacional (actualmente cuenta con la firma de 192 países y zonas de integración económica regionales, incluidos todos los industrializados – también EEUU), así como los países que han ratificado el protocolo de Kioto (190 países y zonas de integración económica regionales, con la notable excepción de EEUU).

El año 1994 los miembros firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre de Cambio Climático se pusieron como objetivo la creación de un protocolo en el que se definieran compromisos jurídicamente vinculantes de recorte de las emisiones. Tras dos años y medio, en diciembre de 1997, y tras intensas negociaciones, fueron capaces de ponerse de acuerdo y redactar el protocolo de Kyoto. Así pues a finales de los 90, tras poco más de dos años, los países fueron capaces de prácticamente desde cero y, partiendo de visiones muy diferentes, establecer las bases de un acuerdo jurídicamente vinculante para la lucha contra el cambio climático. No obstante lo acordado eran tan solo las normas básicas, no se especificaban como debían aplicarse. Las negociaciones sobre los flancos políticos y técnicos restantes fueron ásperas y no se llegó a un acuerdo total hasta el año 2001 tras cuatro rondas de negociación tras el acuerdo de Kioto que tuvieron lugar en Buenos Aires, La Hague, Bonn y Marrakech. El protocolo entró en vigor el año 2005 tras sumar las suficientes ratificaciones.

La situación actual

La situación actual plantea ciertas similitudes con la situación previa al acuerdo de Kyoto.

Al igual que entonces los países firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre de Cambio Climático en la reunión que tuvieron en Bali en diciembre de 2007 decidieron que en un plazo de dos años se debería a un acuerdo ambicioso para la definición de un nuevo Marco de Cooperación a Largo Plazo (Long-term cooperative action) entre los países. La fecha límite para llegar a un acuerdo es la reunión de Copenhague. Igualmente el protocolo de Kioto finaliza su plazo de funcionamiento el año 2012, por lo que si se quiere mantener una continuidad en el mecanismo se deben acordar sin más demoras las nuevas normas de funcionamiento, de nuevo la fecha límite es diciembre 2009 en Copenhague.

Existen no obstante algunas diferencias también significativas. La más importante es que comparando históricamente ambos procesos los puntos de negociación actual son mucho más cercanos ahora que lo que fueron en Kioto (aunque éste aspecto no quede en muchas ocasiones bien reflejado en algunos medios de comunicación). En su momento los puntos de partida de EEUU y Europa eran radicalmente opuestos en aspectos como la necesidad de establecer objetivos de reducción de las emisiones, la adecuación de establecer o no mecanismos de flexibilidad basados en el mercado, etc. Pero todas estas diferencias no fueron barrera para que se pudiera acordar el protocolo de Kioto. Actualmente existe entre los negociadores una convergencia en la mayoría de las líneas generales del conjunto de mecanismos a aplicar: necesidad de establecer reducciones significativas en las emisiones, ampliación de los mecanismos de flexibilidad, establecimiento de mecanismos de transferencia tecnológica y financiera de los países más industrializados a los menos industrializados, y necesidad de apoyar los procesos de capacitación y adaptación. Existen no obstante numerosas divergencias en los detalles de cada una de estas líneas, especialmente en el ámbito de las reducciones en las emisiones y la financiación. Igualmente también se dan diferencias significativas en la visión sobre si los países en desarrollo deben comprometerse a limitar las emisiones, y cómo deberían hacerlo.

Una segunda diferencia significativa es el nivel de ambición necesario para el acuerdo, el conocimiento sobre la problemática del cambio climático, y las implicaciones del nuevo acuerdo. En esta ocasión la gravedad de la problemática del cambio climático ha sido mucho más estudiada, y la necesidad de actuar rápido y de manera decidida tiene un apoyo científico mucho mayor. Desde la perspectiva científica está claro que los nuevos acuerdos deben ser mucho más ambiciosos que los ya existentes y que en el caso de no tomar medidas las consecuencias económicas y sociales pueden ser abrumadoras. Como consecuencia los nuevos acuerdos deberán tener muchas más consecuencias económicas que los ya existentes y por tanto el acuerdo es de mayor importancia para todos los países.

Los resultados esperables

Ante esta situación ya se puede ver que la reunión de Copenhague no será un punto y final en la lucha contra el cambio climático. Lo máximo que se puede esperar es un acuerdo jurídicamente vinculante de características generales (al igual que se alcanzó en Kioto) que deje numerosos flancos políticos y técnicos abiertos que pueden tardar –si nos guiamos por las experiencias previas- varios años en cerrarse.

Pero tampoco puede ser un punto y seguido, pues el momento de las tomas de decisiones políticas de calado se ha concentrado desde hace dos años en este momento. La ventana de oportunidad política para los cambios en profundidad no se puede mantener abierta mucho tiempo, por lo que cualquier mínimo que sea inferior a llegar a un acuerdo político que incluya compromisos en todos los aspectos básicos anteriormente mencionados y un mandato para en corto plazo convertir este acuerdo político en un instrumento jurídicamente vinculante, puede considerarse un auténtico fracaso. Copenhague debe ser cuanto menos un punto y aparte en las negociaciones contra el cambio climático.

Las cartas están sobre la mesa y el resultado es aún incierto, pero los negociadores tienen una gran responsabilidad. Cuando se desaprovecha la oportunidad política los procesos de negociación pueden descarrilar y estancarse, basta ver el fracaso negociador de los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio estancados desde el año 2001, pero los impactos físicos, económicos y sociales del cambio climático no van a esperar. Si no actúan los políticos, actuará el clima.


[1] Más información en www.odg.cat. Correo de contacto: miquel.ortega@odg.cat

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